Hace tres días publiqué una entrada en la que decía que aunque no me gustaban ni la Cope, ni el Mundo ni el PP, no creía que el ministro Montilla debiera señalarles por sus nombres.
Un día después de mi artículo y dos días después de las declaraciones de Montilla, se ha publicado en un periódico gratuito pero de gran difusión un texto en el que dice que en el atentado de Terra Lliure contra Jiménez Losantos deberían haberle disparado al corazón en vez de a la pierna. Ahora circula una broma en Internet en la que se propone quemar con gasolina a Rajoy, Acebes, Arenas, Zaplana y Jiménez Losantos. A mí todas estas cosas me parecen repugnantes.
También se lo parecen a Elvira Lindo, que ha publicado un excelente artículo en El País en contra de tales ideas, "Piedad".
¿Es que nos hemos vuelto locos? Después de defender el asesinato, alguien se puede creer con autoridad moral para criticar las maneras de Jiménez Losantos? Hace años ya discutí como pocas veces lo he hecho con una persona a la que quería mucho (y todavía quiero) por tomarse el atentado de Terra Lliure como una broma.
No hace falta decir de nuevo que el odio que destila Losantos es difícilmente soportable, pero que reacciones como las mencionadas son hacer lo mismo que él, ser vencidos por él, comportarse como él. Si tenemos que volver al enfrentamiento salvaje que parecía haberse apaciguado con la victoria de Zapatero, es que ha vuelto a triunfar el odio y todos somos los perdedores.
Y a mí, en ese caso, no me alisten en ningún bando.
En la tensa polémica acerca del estatuto catalán y el nacionalismo, el sentido común se ha ido por el desagüe y parece como si todos tuviésemos que defender cosas absurdas.
Yo no soy nacionalista y no siento ninguna simpatía hacia algunos puntos del Estatut que subrayan los aspectos nacionalistas. Pero no entiendo que para combatir estos excesos nacionalistas tengamos que convertirnos en nacionalistas españoles. Ni una cosa ni otra. Tanta razón hay para discutir que Cataluña tenga derecho a llamarse "Nación" como para disciutir que lo tenga España. A quienes creemos que el próximo paso decente hacia un planeta unido es la constitución de una identidad supranacional llamada Europa, el que España sea una nación nos resulta tan indiferente como que lo sea Cataluña.
Los verdaderos problemas son los de la injusticia y los de la discriminación (por ejemplo la discriminación de los castellanohablantes en Cataluña), pero no mezclemos en todo esto las discusiones acerca de las naciones.
Lo cierto es que, aunque yo considero que el nacionalismo es una verdadera simpleza, no me preocupa que Cataluña o Euskadi se independicen de España. Me da igual que participen en Europa como naciones o como regiones, porque mi esperanza es que también España se convierta en una región europea. Y no tendrá mucho sentido, si esto sucede, que los asuntos de la región catalana, gallega, andaluza o castellana pasen por una entidad duplicada llamada España: lo lógico será que vayan directamente a Bruselas. Si Cataluña fuese independiente, es seguro que sería un contribuyente neto a las arcas europeas y que su contribución se distribuiría entre los que más la necesitaran, que quizá, por cierto, ya no serían los extremeños o los andaluces, sino los húngaros, los polacos o los turcos cuando entren. También sería Bruselas la que tuviese que ocuparse de que los derechos de los castellanohablantes fueran respetados.
El debate, por ello, está, en mi opinión, completamente distorsionado: los verdaderos problemas son que haya un grupo terrorista que impone una dictadura del miedo en Euskadi desde hace decenas de años, o que en Cataluña quienes hablan castellano sean ciudadanos de segunda categoría. Pero lo de la nación y la independencia son sólo zarandajas. Checoslavaquia se dividió hace poco en dos naciones (Chequia y Eslovaquia), sin duda de manera absurda por iniciativa de Vlaclav Haus y con sólo el 51% de apoyo de la población. Pero no pasó nada, porque Vlaclav Havel, que había luchado contra los tanques rusos que entraron en Praga en 1968, no quiso llevar los tanques checos contra Eslovaquia. Hizo bien, por supuesto. Ahora Chequia y Eslovaquia han vuelto a eliminar sus fronteras (o están en trance de hacerlo) porque las dos naciones pertenecen a una Europa sin fronteras.
Hay muy buenos análisis que explican por qué se han producido y todavía se están produciendo disturbios en Francia en los que participan ciudadanos franceses de segunda y tercera generación. También hay muy buenas explicaciones que sirven para entender por qué unos ciudadanos británicos cometieron una masacre en el metro de Londres. Quizá mañana habrá también estupendas razones que desvelen las causas de algo similar que ocurra en Italia o Alemania.
Todo se explica, pero nada convence. En realidad todo se puede explicar una vez que ha sucedido: Post hoc ergo propter hoc. Cuando los atentados de Londres, el problema era la política de comunidades culturales aisladas. Ahora, con la violencia callejera en Francia, el problema es el contrario: la asimilación que practica el estado francés, que no permite que otras culturas se expresen según sus propios parámetros. Yo me confieso perplejo y dudo de todas estas explicaciones tan convincentes.
Pero me da la impresión de que se subestima un factor, que es el gusto creciente que en muchos ambientes se le ha cogido en los últimos años al uso de la violencia, su justificación y trivialización, la idea de que el Estado es un enemigo al que se puede combatir por medios violentos, y el pensar que se puede emplear cualquier método contra los que no piensan como nosotros. Por eso soy partidario de respetar las reglas del juego incluso en momentos de crispación como los que se viven ahora en España (y no digamos en Francia).
A Goethe se le reprocha que dijera "Prefiero la injusticia al desorden", pero pocos leen la continuación del párrafo, en donde explica la provocativa frase: porque en el desorden no sólo hay desorden, sino también más injusticia, porque el desorden es el camino más corto a las mayores injusticias, como saben bien quienes desatan incendios políticos para luego ofrecerse como salvadores providenciales (ese podría ser el caso de Sarkozy y sus provocaciones).
La radicalización de las posturas sólo empeora la situación y lo que hoy puede ser un éxito para nuestras ideas mañana se volverá seguramente contra nosotros. Pero no se trata sólo de estrategia o táctica, sino también de sentido común y sensibilidad: hay ciertas cosas que no se pueden hacer sin envilecerse.
Resulta muy difícil leer El Mundo o escuchar la Cope. Muchos de sus articulistas y locutores son tan ofensivos y agresivos que recuerdan a aquellos periodistas de la época de Franco que no se preocupaban de lo que decían porque sólo había una opinión posible: la suya. Hablan con su público como el jefe de sección falangista hablaría con sus acólitos.
También resulta preocupante que haya tantas personas que escuchen la Cope y lean El Mundo, porque eso implica una cultura política de enfrentamiento constante y demagogia de la que España parece que no va a conseguir salir.
Sin embargo, no me parece bien que el ministro Montilla mencione por sus nombres a la Cope y a El Mundo. No es bueno que los políticos señalen a los periodistas.
Si no nos parece bien que lo haga la derecha cuando está en el poder, tampoco debe hacerlo la izquierda. Se puede aludir a que desde ciertos medios, y especialmente desde medios cercanos a la Iglesia, se está llevando a cabo una campaña de incitación constante al odio, se puede llamar a consultas al Vaticano, como se llamaría a consultas a un embajador de un páis desde el que se promueven ataques contra las instituciones. Y se puede mencionar por sus nombres a los obispos. Todo eso entra dentro del juego político. Y casi todos sabemos a qué se refiere Montilla si dice que medios cercanos a la Iglesia incitan al odio.
Pero mencionar por sus nombres a los periodistas (Federico Jiménez Losantos y Pedro J.Ramírez) y a los medios de comunicacón representa una presión desde el Poder que no debe ejercerse salvo en casos en los que se está violando la legalidad. En tales casos, eso se debe probar, llevar a los tribunales o hacer leyes al efecto, como podría suceder en el caso de un periódico neonazi o proetarra que estuviese incitando al asesinato o colaborando con uan organizacón terrorista o violenta. Pero ese no es el caso de la Cope ni de El Mundo. Parece una cuestión de detalle, un matiz exagerado, pero en la relación entre la prensa y los políticos los matices y los detalles son fundamentales.
[A propósito de la noticia: "Montilla acusa al cardenal Rouco de lanzar "mentiras absolutas" y permitir el insulto: El ministro denuncia el "chantaje moral y político" que ejercen la Cope y algunos periodistas]